13 de octubre de 2010

Tyler Durden


La publicidad nos hace desear coches y ropas, tenemos empleos que odiamos para comprar mierda que no necesitamos. Somos los hijos malditos de la historia, desarraigados y sin objetivos. No hemos sufrido una gran guerra, ni una depresión. Nuestra guerra es la guerra espiritual, nuestra gran depresión es nuestra vida. Crecimos con la televisión que nos hizo creer que algún día seriamos millonarios, dioses del cine o estrellas del rock, pero no lo seremos y poco a poco nos hemos dado cuenta y estamos, muy, muy cabreados.


El club de la lucha, David Fincher.

14 de julio de 2010

Mr. Bean

Siempre me parecio triste, aunque también siempre me hizo reir, y lo hace ahora, arrancándome una sonrisa de cariño aún sabiendo que sólo es un personaje bien interpretado...

Este capítulo es particularmente triste. No hay nada más triste que la soledad.

Decía Hermann Hesse, en ficticias palabras de Demian, que los locos tienen una visión del mundo mucho más profunda y amplia que cualquiera de nosotros, y que eso les desquicia... Algo así decía, si mal no recuerdo.

Quizás sea así, quizás la locura es lo más humano ante el mundo en que nos encontramos.

En cualquier caso, nunca vienen mal unas sonrisas y un poco de incitación a la reflexión:





25 de mayo de 2010

Tiritando

Ante la evidencia la ignorancia no es excusa; es crueldad cerrar los ojos cuando las lágrimas no son tuyas y gotean lejos, donde el viento que azota las vidas proviene de las mariposas que aletean a este lado del mundo... Sólo algunas conciencias tiritan, entre oscuridad y silencio, solas...

 Fotografía: Scenes from Pakistan, Emilio Morenatti/AP Photo.

Algún día...

2 de febrero de 2010

Emigrante

Para el emigrante los viajes de ida son los de vuelta. Las caras esquivas su familia, los trenes su descanso, aletargado entre paisajes que desfilan a toda velocidad tras el cristal donde pega la cara, debatiéndose entre el sopor y el hastío de una vida que va y viene, nunca a ningún lado, nunca para quedarse... De cuando en cuando un tunel oscurece el veloz paisaje devolviéndole el reflejo de una cara triste en el cristal, casi desconocida, apagada, donde tirita el brillo de unos ojos ahogándose entre frío y luces anaranjadas.

El emigrante todo lo mira, pero nada le parece bonito. Sólo en el tren, cuando los paisajes cruzan raudos ante sus ojos, encuentra algo bello a lo lejos que dura un parpadeo, el tiempo de inmortalizarlo en la retina durante unos pocos segundos hasta que la luz residual impresa en ella se diluye en la misma oscuridad de siempre, en un recuerdo vago, aún así bello, quizás por eso bello...

La eternidad es efímera para el emigrante, efímera como sólo la eternidad puede llegar a ser. Y es el único que sigue siendo un pasajero al bajar del tren.

La vida del emigrante es un cuento a lápiz...

borrón.

25 de enero de 2010

Lluvia



Yo no sé, mira, es terrible cómo llueve. Llueve todo el tiempo, afuera tupido y gris, aquí contra el balcón con goterones cuajados y duros, que hacen plaf y se aplastan como bofetadas uno detrás de otro, qué hastío. Ahora aparece una gotita en lo alto del marco de la ventana; se queda temblequeando contra el cielo que la triza en mil brillos apagados, va creciendo y se tambalea, ya va a caer y no se cae, todavía no se cae. Está prendida con todas las uñas, no quiere caerse y se la ve que se agarra con los dientes, mientras le crece la barriga; ya es una gotaza que cuelga majestuosa, y de pronto zup, ahí va, plaf, deshecha, nada, una viscosidad en el mármol.

Pero las hay que se suicidan y se entregan enseguida, brotan en el marco y ahí mismo se tiran; me parece ver la vibración del salto, sus piernitas desprendiéndose y el grito que las emborracha en esa nada del caer y aniquilarse. Tristes gotas, redondas inocentes gotas. Adiós gotas. Adiós.


Julio Cortázar (no os perdáis el lujo de oirlo)

23 de enero de 2010

Loco anhelo

–Es en verdad curioso –dije– cómo la memoria es el último superviviente del naufragio de nuestra existencia, cómo el pasado destila estalactitas en el vacío de nuestra ejecutoria, cómo la empalizada de nuestras certezas se abate ante la leve brisa de una nostalgia. Nací en una época que a posteriori juzgo triste. Pero no voy a hacer historia: es posible que toda niñez sea amarga. El transcurso de las horas era mi lacónico compañero de juegos y cada noche traía aparejada una triste despedida. De aquella etapa recuerdo que arrojaba con alegría el tiempo por la borda, en la esperanza de que el globo alzara vuelo y me llevara a un futuro mejor. Loco anhelo, pues siempre seremos lo que ya fuimos.

Eduardo Mendoza, El misterio de la cripta embrujada, 1979