2 de junio de 2015

El arrozal

El recuerdo apareció de manera nítida mientras yacía en la cama tratando de dormir. Ni siquiera sé cómo llegué a él, pero ahí me vi, tan claramente como si fuera entonces. Sentí el mármol del suelo, el eco de los altos techos, el edificio imponente que habíamos hecho nuestro, el jardín interior y los pajarillos revoloteando de buena mañana entre la luz oblicua de un sol todavía bajo. Caminaba envuelto en una sudadera blanca, mi favorita por aquel entonces, y un pantalón verde de esos que jamás volverías a ponerte.

De repente pude sentirme como era, parte de una comunidad azarosa y revuelta que compartía la mitad de cada día entre clases, que eternizaba la media hora del recreo entre risas y conversaciones que ahora parecen tan lejanas. El barrio, el instituto; lo conocido, lo que te pertenece. Algo de todo aquello se va perdiendo, al menos para el pájaro que huye lejos.

Me acuerdo entonces de aquella niña en La gente del arrozal de Rithy Panh, que pregunta a su padre qué hay más allá de su arrozal. La montaña Boko, hija, donde hace mucho frío, al hablar sale humo por la boca, de las rocas mana agua tan fría que no puedes lavarte y es tan alta que, si alargas la mano, puedes incluso tocar las nubes. El rostro de la niña, que escucha atenta, muestra en sus ojos el inmenso vacío por llenar, el hambre de mundo y, a la vez, la indefensión y la inocencia ante lo desconocido. Resuelta, mira al horizonte con una mirada extraña, desde una distancia ignota.

No sabe ella cuántos lugares ha de conocer, ni que ninguno será como el arrozal.

30 de diciembre de 2014

Miradas muertas

Dijo una vez Jean-Luc Godard que el cine es la historia de hombres filmando a mujeres. Algo de eso hay, sin duda, en las musas de la modernidad cinematográfica europea. Cuando veo esas películas no puedo evitar preguntarme qué sentirán ahora las actrices al verse retratadas por sus amantes, qué sentirán ellos al ver esos rostros mirar a cámara, mirar al que mira. La mirada es posiblemente el mensaje más incierto y más sugerente. Y por eso mismo se torna tan traicionero cuando se lo inmortaliza en granos de plata, píxeles o vagos recuerdos. Todo gesto está unido a un instante, y por más que inventáramos el tiempo, la mayoría somos incapaces de comprenderlo. El pasado nunca devuelve la mirada. Esos rostros son fantasmas, y a pesar de todo los hacemos danzar en nuestra memoria y los pensamos antes de dormir. Jamás entendí el olvido, por eso me fascina tanto. Quizás por eso elegí perderme en el cine. No existe arte más empeñado en no olvidar.

Fotografía: The Red List (Anna Karina en el rodaje de Le petit soldat, de Jean-Luc Godard, 1960)

21 de diciembre de 2014

Revoleo

Un bar a media tarde, las mesas aún por recoger. Unos apuran el vino, otros se van marchando. Un niño y una niña corretean entre las sillas, persiguiéndose. Todo es espontáneo en sus risas, gestos y miradas. Como el revoleo de dos gatillos. Apenas un instante minúsculo de conexión, de la más banal e inconsciente de las intimidades. Ellos apenas lo saben, tienen esa suerte. Yo los observo desde otro tiempo, desde una distancia que casi me abruma. Ellos no lo saben, pero quizás son la imagen más certera que recuerdo del amor.


23 de junio de 2014

Domingo

¿Adónde camina toda esa gente cabizbaja y dubitativa un domingo por la tarde, un domingo de esos en los que el tiempo parece flotar en el ambiente? ¿Adónde van, Luna? Casi sin quererlo la noche ha matado al día. Parecemos todos despistados, perdidos en ese caos que late en la indiferencia. Esta noche de domingo parece ser la anomalía en la rutina, la pieza del engranaje que no encaja. Esta noche de domingo se puede sentir el abismo bajo las baldosas que todos observamos con la mirada cansada al caminar. No lo vemos, pero él nos mira.

Los domingos siempre son extraños, Luna, pero éste huele diferente. Huele a tilos y a verano, pero no es un verano de salitre y largas noches en la orilla. Es un verano diferente, con menos colores. Las caras han dejado de brillar. No hay nada tras ellas. Los lugares vacíos parecen fotografías de otro lugar, los lugares llenos rezuman una felicidad distraida y ajena. Yo los transito como un fantasma.

Bostezo, me desperezo, pero creo que sigo dormido. Las noches se comieron a las mañanas, el sol no calienta como debería y la arena de la playa está fría. ¿Sabes lo triste que es eso, Luna? Una de esas pequeñas cosas que más me gustan de la playa es tumbarme en la arena aún caliente cuando el sol ya no quema. El aire empieza a estar frío, pero la arena aún emana calidez. Es como abrazar a la tierra. Pero se enfría; la arena siempre se enfría y sólo queda esperar al día siguiente.


30 de abril de 2013

Borrones a Luna

La conclusión que va a sacar Luna es que el que le escribía los cuentos tenía los ojos nublados de soñar demasiado...

Y es que precísamente ese fue siempre su problema: se empeñaba en soñar demasiado, esperar demasiado, querer demasiado y perder demasiado... Se empeñaba en mirarlo todo a través de esas brumas en sus ojos, de esa idílica esperanza que albergaba callado, que tarareaba y saboreaba en los labios antes de dormirse.

A pesar de todo nada cambiaba. Pero él seguía escribiéndole a Luna, seguía manteniéndola ahí como el símbolo de lo que nunca dejaría de buscar, por más que se emborronara. Y se quebraba la cabeza para alumbrar líneas que quizás nunca tendrían destinatario, pero que siempre tuvieron motivo. En las líneas iba muriendo, poco a poco, quizás él, quizás la propia Luna. Entre las letras se destilaban pequeñas muertes, pequeñas derrotas. Pero la propia letra albergaba en su misma razón de ser esa terca esperanza, que se mantenía intacta a todas las elegías que él mismo le tejía en las noches largas. Era inútil, la tenía muy clavada...

Aunque todo pesaba, nada cambiaba.


11 de abril de 2013

Agujeros

Ojalá la vida fuera como en las fotografías -piensa él-. Imágenes congeladas de un mundo posible, imaginable, en el que nada cambia, todo permanece nítido. El fondo fuera de foco, las sonrisas inmortalizadas, la mirada cazada y eternizada. Ojalá se quedara así, quieta, mirándome siempre con esa expresión, con esa felicidad cómplice… 

Pero tras el clic, tras el parpadeo mecánico, la expresión desaparece. Todo cambia, el tiempo pasa y la mirada dibujada en esos píxeles contiene la misma expresión, pero ahora esa felicidad desplazada se vuelve gélida, cortante. Se clava en las tripas, se siente como un enorme agujero.

Al final tenía tantos agujeros en el estómago como fotos en su álbum. Y no había forma de llenarlos con nada...


24 de marzo de 2013

Quimera

Aquella espalda la arañaba cada minuto que pasaba. La noche goteaba segundo tras segundo acercándose cada vez más a la inexorable mañana, y en su mente resonaba el eco de cada pequeña muerte. Por eso besaba su espalda y la anudaba, tratando de detener las agujas que resonaban como lejanos truenos que traen tormenta. Esas agujas les persiguieron desde el mismo momento en que sus labios rozaron sus dedos, nunca se detuvieron, nunca las detuvieron...

A pesar de todo hay noches que nunca terminan, que encuentran sus mil finales en esa parte de imaginación que tiñe inevitablemente cada recuerdo convirtiéndolo en lo que pudo haber sido. Y así el recuerdo se convirtió en un cuento que él hizo lo imposible por creerse, que aún hoy se repite en las noches mientras intenta dormir.




18 de marzo de 2013

El gato y la sombra

Qué lejos estaba en realidad aquel gato, a pesar de esa forma en la que me miraba. Y es que, en realidad, lo que yo veía en aquellos ojos grandes y dilatados no era más que mi propio vacío, mi anhelo extendiéndose en el insondable color negro de esas pupilas. Ahí estuvo unos minutos sobre mi regazo, buscando la palma de mi mano con su hocico, hasta que se fue sin más, como vino. No se puede encontrar al que no quiere ser encontrado.


No son más silenciosos los espejos
ni más furtiva el alba aventurera;
eres, bajo la luna, esa pantera
que nos es dado divisar de lejos.
Por obra indescifrable de un decreto
divino, te buscamos vanamente;
más remoto que el Ganges y el poniente,
tuya es la soledad, tuyo el secreto.
Tu lomo condesciende a la morosa
caricia de mi mano. Has admitido,
desde esa eternidad que ya es olvido,
el amor de la mano recelosa.
En otro tiempo estás. Eres el dueño
de un ámbito cerrado como un sueño.


A un gato, Borges


28 de agosto de 2012

Afonía

De tan quieto que estaba le costaba respirar. Quizás si se quedaban muy quietos el mundo les olvidaría, el tiempo dejaría de arañar sus pies y los caminos se borrarían. Sentía cada latido apretándole el pecho como si esa víscera sangrienta y palpitante quisiera romper sus costillas y escapar de su cuerpo, dejándolo vacío y tranquilo. Boqueaba, como un pez fuera del agua que grita en silencio, pero las palabras no salían.

Pero no era cosa del mundo. Eran ellos los que tenían que olvidarse, y eso pocos saben hacerlo...

Cuántas veces me habré preguntao qué es lo que se desata detrás de su cara...

28 de abril de 2012

Implosión

Clic. Cuelga el teléfono y las palabras que no ha dicho se quedan flotando en el vagón. Las mismas que revoloteaban en su garganta en esos largos silencios, pero que no se atrevió a pronunciar. Pequeños gorriones que pican miguita a miguita esa verdad escondida en el abismo más oscuro. No responden preguntas, se limitan a piar. Es por eso que no sabe qué decir, qué creer ni qué pensar. Sólo sabe callar, escuchar y estallar en silencios y miradas que buscan con avidez sin saber muy bien qué mientras el vagón se hace más y más chico...

Además te quiero, y hace tiempo y frío.
Julio Cortázar 


12 de abril de 2012

Olvidaron por qué volaban

Muchas volaron más allá del horizonte, lejos de tierra firme, pero ninguna ha vuelto. ¿Qué les ocurrió? No lo sé. Nadie lo sabe. Quizás sus negros ojos ardieron al ver lo que lo desconocido esconde. Quizás sus plumas se marchitaron. Quizás las venció el salitre, las engulló la marea. Quizás cruzaron el aire como tijeras, rompiendo la realidad en dos, reposaron sus garras en nuevas tierras con otros vientos y otros colores y allí se quedaron, felices, distintas. No, seguro que no, seguro que son cuerpos muertos en las olas y por eso no vuelven. Quizás volvieron, irreconocibles como cuervos, como níveos halcones. No lo sé, ¿qué más da?

Si tuviera una de esas manitas con dedos me rascaría la cabeza, con aire trascendental, preguntándome qué les pasó. Quizás abriría una investigación, con una de esas lupas que aumentan el ojo de forma cómica. Diría algo divertido como "aquí huele a chamusquina" o "voy a resolver este entuerto".

Pero no soy nada de eso. Sólo soy una gaviota, y una gaviota no se hace preguntas.


4 de abril de 2012

Sin respiración

He detenido las agujas, desoyendo el incesante goteo del tiempo. He apagado las luces, he abierto las ventanas del vagón que me arrastra y he dejado de respirar para preguntarme el por qué de cada respuesta que damos por incuestionable. La vida no está en esas gotas que golpean inexorablemente mi cabello sino en la eléctrica inmensidad del aire del que surgen, en esas nubes azules y oscuras, en ese jirón de realidad que arranco del mundo cuando mi mirada se detiene en algún detalle olvidado. La vida está en todo aquello que no alcanzo a entender, en la oscuridad más profunda de la que brotan los monstruos cuya cara dibuja mi mente sin yo quererlo. La vida está en todos esos sueños que no recuerdo. En las pesadillas que trato de descifrar. En los pensamientos que no puedo esquivar. En los latidos que se escapan del ritmo marcado.

Sólo necesito recostarme en su vientre para soñar que puedo ser mucho más de lo que soy, para tratar de buscar el por qué de lo que únicamente necesita latir.

Veo que piensas más de lo que puedes expresar. Pero también que nunca has vivido lo pensado, y eso no es bueno. Únicamente aquellas ideas que vivimos tienen algún valor.
Demian, Hermann Hesse